Red.

En la parte trasera del piso situado en la última planta del número ocho de la calle Victoria, había una sala. Una sala grande, cuya forma imitaba a un rectángulo donde las líneas rectas se habían visto ligeramente alteradas por el tiempo y una construcción moderadamente deficiente. De paredes blancas, pero no un blanco puro y encalado, no, un blanco marcado por el paso del tiempo y el precio no excesivamente alto de la pintura.
La entrada la señalaba, en la pared que daba al norte; una puerta de madera envejecida cuyo picaporte llevaba roto el tiempo suficiente como para poder concluir de forma relativamente certera que jamás se arreglaría.
El ambiente era húmedo y frío, y se percibía el sonido permanente de un silencio no estrictamente silencioso, sino que sonaba más bien como un eco de estática.
En la pared que daba al oeste, una ventana. 
En la pared que daba al este, otra puerta.
Las normas eran estrictas: esa puerta no podía abrirse en ninguna situación que la mente humana fuese capaz de concebir. Por otra parte, es un hecho que las normas existen para romperse; y que hay un halo de misterio y atracción en todo aquello que, de antemano, está prohibido.
La realidad establecía de forma lógica que era cuestión de tiempo que alguien decidiese ignorar el miedo a lo desconocido y a las represalias, y osase mirar al otro lado de esa puerta.
Pero la realidad siempre ha establecido, también, que suele haber una buena razón tras una puerta cerrada.

Siempre es para aquéllos que esperan.

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