De niña, siempre soñaba con el mismo mundo. Era un mundo dónde soñar, no era imaginarte imposibles. Un mundo dónde crecer, y decrecer, era cuestión de botellitas de líquidos brillantes, y setas. Un mundo dónde las orugas preguntaban "¿Quiéeen, eeeeres, túuuu?", entre anillos de humo de todas las formas y colores.
Un mundo dónde tu fiesta especial no era un día al año, si no los otros 364, entre té, tazas, y liebres. Ah, sí. Y sombreros de copa.
Un mundo dónde los gatos te miran desde los árboles con una preciosa sonrisa, y dónde las rosas rojas, no son más que rosas blancas con una gran capa de pintura por encima.
Dónde los soldados son esas cartas de la baraja que todos hemos perdido en la playa, debajo del sofá, o a saber dónde.
Y dónde no es muy difícil acabar sin cabeza.
Ése debería ser mi mundo.
"—No, tú eres demasiado grande. ¡Impasable!
—Dirá usted imposible.
—¡No, impasable! Aquí nada es imposible."

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