La peor historia jamás contada.

Aquel día llovía. Pocos lo sabían. La mayoría simplemente se habían limitado a escuchar un "Está cayendo la mundial", para, acto seguido, quedarse tumbados en el sofá bajo la manta.
Sin embargo, hubo alguna gente que decidió salir de sus casas. Por las aceras, una masa de gente, que caminaban de la mano, solos, en grupos más o menos numerosos. Algunos, llevaban chubasqueros de colores llamativos, otros chaquetas de punto de color oscuro. Podían verse deportivas a la moda, botas de plástico, e incluso chanclas en los pies de algún despistado que había salido de casa sin fijarse demasiado en lo que hacía. 
Paraguas grandes, paraguas pequeños. De colores. Negros. Con la publicidad de alguna empresa que ya había quebrado. 
Bajo ellos, caras largas, besos casi a escondidas, lágrimas confundidas con la lluvia, y manos que buscaban el calor de otras. 
Algunos, sin paraguas. La chica del final de la calle, con la pintura negra de los ojos cayéndole como lágrimas por las mejillas. El pelo azul turquesa empapado cayendo sobre los hombros. Una sonrisa bajo el pintalabios rojo. Una camiseta negra hecha trizas.
El chico de la esquina, apoyado en la pared. El pelo negro, demasiado largo quizás para poder ver con normalidad. Una camiseta blanca demasiado grande, cayendo sobre los hombros huesudos. Demasiada tristeza en la mirada. 
Una niña de rizos rubios saltando a la comba en medio de un charco. Si su madre viese las manchas de barro en su vestido azul, posiblemente la castigaría. Y ya no hablemos si viese su lazo de seda tirado en el charco.
Y allí, entre ellos, sentada en un banco, estaba yo. No era la más alegre, al fin y al cabo, una estirada camiseta verde no lograba llamar la atención en aquella masa de gris. Un pelo demasiado oscuro para una piel demasiado clara. Una sonrisa en los labios que desencajaba con la nostalgia en los ojos.
Y la determinación de que jamás, nunca más, habría que arrepentirse de nada. ¿Por qué estaba aquella gente en la calle? El mejor plan, era sin duda estar en casa, con la mayoría. ¿Tendrían algo que hacer? ¿Compras? ¿Alguien en el hospital a quién visitar? 
No. 
Esa gente son aquéllos a los que llaman "ilusos". Que en el fondo no son más que aquéllos que han dejado tras de sí los complejos, los miedos, y el "qué dirán". 
Y os preguntaréis.
¿Qué hacía yo, la cosa más insegura del mundo entre ellos?
Yo, amigos, me perdí en mi camino a casa.

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