—Sí.
—¡Eso es terrible! Tendremos que hacerle una visita al Mago de Oz para que arregle tu máquina de los sueños.
—Si le encontramos, claro. Quizá no exista. ¿Quién será?
—Es el Mago de Oz. ¿Quién va a ser?
—Cualquiera podría ser el Mago de Oz. ¿Sabes tú quién es, acaso?
—¡Sólo el Mago de Oz puede ser el Mago de Oz!
—El Mago de Oz puede ser cualquiera. Será alguien, ¿no? Una imagen, un nombre, una historia. Decir el Mago de Oz es como decir el fontanero de la esquina. Un oficio, un lugar.
—Así que preguntas quién es el Mago de Oz, eh.
—Lo pregunto.
—¡Pues escribamos nosotras su historia!
—Pero su historia ya está escrita, ¿no crees?
—Nunca la he leído. ¡Qué terrible es no tener una historia!
—Más terrible es tenerla y que nadie la conozca. Quizá él no quiera una historia.
—Habría que preguntarle.
—Pero seguimos sin saber quién es.
—Preguntemos.
—¿A quién?
—A todos.
Y cuando aquel día salí de casa en busca del Mago de Oz, en mi rostro iba dibujada una sonrisa apoyada en la esperanza de encontrarle. Pero caminé, y caminé. Siempre sobre grises adoquines, nunca sobre doradas baldosas. Vi a muchos descerebrados, pero ningún espantapájaros entre ellos. Muchos seres sin corazón, pero sus corazas no eran de hojalata. Muchos cobardes, pero ningún león. Y durante mucho tiempo caminé y caminé, buscando Oz, buscando al Mago. La Ciudad Esmeralda nunca apareció ante mis ojos, sólo grandes masas de hormigón, acero y polución.
Y decidí volver a casa, triste y desolada.
Y cuando ya podía ver mi hogar al fondo del camino, me di cuenta de algo.
En mi camino no había encontrado al Mago de Oz.
Pero me había encontrado a mí misma.
Y eso es mucho más de lo que el Mago de Oz podría haber hecho por mí.
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