Entiendo que se enfadase, le prometí que nunca volverían.
Y han vuelto.
Creí que las noches llorando no iban a volver nunca, pero han vuelto.
Y con ellas, la sensación de vacío. La sensación de que estoy sola, completamente sola, que ya no queda nadie.
La necesidad de sentir dolor para poder simplemente sentir algo.
-¿Acabas de suplicarle que no te deje sola?
-Sí.
-Sigues siendo el mismo ser débil. ¿Nunca vas a dejar de defraudarme?
-No. Ojalá pudiese no llegar a mañana.
-Pues vas a llegar. Como cada día. Esto no va a acabarse así, pequeña. Aún te queda mucho por aguantar.
Quizá el dolor sea la mejor opción esta noche.
Pero nada me aterroriza más que el dolor.
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