Treinta y ocho días.

Ha llegado el día. El día en el que por fin he regresado a casa, después de treinta y ocho días fuera de casa.
Nunca había estado tanto tiempo lejos de Ourense, el sitio donde nací y crecí sin excepción alguna. Vacaciones de tres semanas (ya fuera sola o con papá y mamá), quizá algún periodo de un mes como parte de esta nueva vida de estrés y exámenes de la que formo parte ahora. Pero nunca treinta y ocho días.
Y no os imagináis lo difícil que se hace echar de menos. La primera semana se va llevando, incluso la segunda. Hacia la tercera ya te ahoga la morriña un poquito. Y entonces llegan los exámenes. Llegan las desmoralizaciones, las noches estudiando hasta las cuatro de la mañana, las horas sin dormir, los "no entiendo absolutamente nada" y los "qué hago yo aquí". La más dura de las dos, es, sin duda, la última.
Las dudas.
Las dudas de si lo estás haciendo bien, de si te has equivocado, de si realmente es esto lo que quieres de tu vida.
He repetido tantas veces la frase "quiero irme, quiero volver a mi casa, quiero dejar esta mierda de carrera, detesto esto", que ya casi ha perdido su sentido.
Y ahora, no parece tan terrible.
Claro, visto desde lejos. Visto desde el calor de la casa propia, viendo por la ventana la imagen que me ha acompañado durante seis mil quinientos setenta y un días de mi vida. En realidad, algunos menos desde septiembre.
Pero ahora sé algo. Sé que esto no mata, que no ahoga lo suficiente como para obligarte a rendirte.
Que se puede, claro que se puede.
Que es cuestión de mirar hacia adelante, de intentarlo, de seguir luchando cada vez que las cosas parecen demasiado difíciles.
Se puede.
Madrid, no vas a poder conmigo.

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