Cuando era muy pequeña, pero muy muy pequeña, me gustaba
mirar el mundo desde las ventanas del coche. Me gustaba ver los girasoles
girando (supongo que tenía que ver con que mis viajes eran siempre en medio del
calor de agosto), me gustaba mirar los guardarraíles moverse al compás del
coche, las líneas de la carretera, y sobre todo los cables del tendido
eléctrico. Me gustaba soñar que yo perseguía al coche en un caballo imaginario,
negro como la noche, siempre era negro. Y lo que más me gustaba de todo, era
saber que todo aquello era temporal, que siempre volvería a casa.
Con los años, la historia ha cambiado. Ha dejado de ser temporal,
para ser permanente. He dejado de volver a casa, para ir a casa. A largo plazo,
las líneas de la carretera van a llevarme lejos, siempre lejos.
¿Pero por qué no iba a ser así? Las cosas se mueven de ese
modo en nuestras vidas, son cíclicas, siempre terminan. Conoces a una persona,
tres charlas amistosas, cuatro abrazos, sexo, siempre mucho sexo, y después, se
va. Siempre se acaba yendo. Si no vuelve con su ex, tú serás su ex cuando
conozca a una princesa de mejillas sonrosadas y sonrisa Profident. Y si no, se
acabará yendo, porque en la vida, las cosas que no acaban, ya se encarga la
muerte de acabarlas.
Pero mientras tanto, no juguéis a huir. No juguéis a
esconderos, a hacer daño, a separaros de las personas que queréis y que os
importan. No juguéis a ser cables del tendido eléctrico, no os alejéis en busca
de sitios mejores sin llegar nunca a ninguna parte. Volved, siempre volved.
Aunque ya no tengáis a donde volver, volved.
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