Of thunder, and bolt, and lightning. Again.

Yo tengo una historia con la tormenta. No es una historia pasajera, ni es una historia que tenga pinta de que vaya a acabar en algún momento. Es una historia, y todos sabemos que las historias forman parte de nosotros hasta el último instante de nuestras vidas.
Si alguien me preguntase si me gustan o no, tendría que responder que me aterrorizan y me fascinan al mismo tiempo. No hay nada en el mundo, ni un sólo fenómeno natural que me parezca tan apasionante. Ni la gravedad, ni las mareas, ni siquiera el nacimiento de la vida. Supongo que eso es lo que hace que quiera dedicar parte de mi vida a ellas, a pesar del pavor que producen en una parte de mí. No es miedo de querer correr y esconderte debajo de la cama, es algo bastante superior a eso. Es respeto a algo que no controlo ni conozco especialmente bien.
Cuando era niña, sí corría a esconderme. Me escondía tras las cortinas de la cocina, y me sentaba en el suelo, protegida por la pared. Estaba segura de que ahí la tormenta no podía encontrarme, pero yo sí podía verla a ella. Porque ya entonces me fascinaban.
Recuerdo estar en la calle y salir corriendo al oír un trueno. Recuerdo también cómo mi padre, desde muy pequeña, supo cómo tranquilizarme. Me enseñó a multiplicar con cinco años, y él sabía tan bien como yo que algo que te da miedo puede fascinarte. Así que en lugar de decirme "No debes tener miedo", él me decía "Míralas, son bonitas. Son bonitas pero están tan lejos que no van a hacerte daño". Me enseñó a calcular la distancia aproximada a la que está una tormenta, ese truco tan absurdo que le han enseñado de pequeño a casi todo el mundo. Y como casi siempre era más de un segundo, y había que multiplicar por algo más de trescientos, para mí aquello era un mundo. Ni siquiera sabía si eran trescientos metros o kilómetros o centímetros, pero eran trescientos. Sonaba lejano. Algo que está cerca no está a trescientos nada cuando tienes cinco años. Y eso me permitía temerlas, pero al mismo tiempo admirarlas. Porque estaban lejos, porque estaba a salvo.
Ahora sé que ellas en dos segundos hacen más que yo en cinco horas.
Y también sé que muchas veces, no tienes que ponerte a salvo de la tormenta, porque la tormenta pasa, y hay cosas que se van a quedar ahí. Y de las que no puedes salvarte.
Lo que más me gustaba de calcular cuán lejos estaba una tormenta, era que contaba, multiplicaba, muy orgullosa de saber hacer algo que para mí parecía tan complicado, oh, dios mío, calcular a cuánto está una tormenta. Parecía algo propio de un genio, de un científico inmenso. Y cuando lo hacía, y lo hacía bien, recuerdo que mi padre siempre me felicitaba por haberlo hecho bien. Y entre la alegría, y el orgullo, y el "están lejos", no parecían asustarme tanto.
Hoy sé que no pueden hacerme daño.
Pero nunca me habían dado tanto miedo.

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