Empezó en un aeropuerto, donde empiezan las cosa bonitas y
las películas de Navidad y de verano. Siguió en una estación de tren, donde
empiezan las cosas bonitas y las películas de Navidad y de verano en versión
española, porque aquí no os creáis que se estilan tanto los aeropuertos. Horas
de metro, de comida basura, y de tantas latas de cerveza que no dejaban ver el
fondo de la nevera. Sin duda, no ha sido todo perfecto, pero casi.
Las cosas perfectas nunca se me han dado bien, porque
enseguida me superan. Las cosas no perfectas me superan todavía más, porque
enseguida me da la sensación de que sí son perfectas y me agobio. El caso es
agobiarse, supongo.
Al final todo puede resumirse en cerveza, Madrid, abrazos y
mucho frío, porque es la realidad. Ha hecho un frío terrible este fin de semana
en Madrid.
Y en cierto modo, ahora me siento extraña aquí. En menos de
un mes ya estoy en casa, y eso es algo, porque estoy segura de que la distancia
ahora mismo puede matarme una y cien veces. Empieza a resultar terrible que
prácticamente todo esté siempre tan lejos.
Lo que empezó en un aeropuerto y siguió en una estación, se
ha acabado. Porque las cosas, como las películas (las españolas también, no os
creáis), se acaban. Se acabaron los abrazos, la cerveza, se acabó desayunar por
las mañanas con mamá, o bajar a ver Doctor Who por las tardes. Se acabó
quejarse de que hace calor, o tener a alguien a quien abrazar para dormir. Se
han acabado tantas cosas que sería imposible para mí llevar cuenta. Pero yo no
me acabo.
La vida sigue.
Y el frío se queda en Madrid.
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