Blue.

Necesitaba algo más. Necesitaba algo más que los días entre cuatro paredes y los cielos grises que ni llovían ni terminaban de llover ni dejaban que el sol asomase desde sus entrañas. Necesitaba luz y calor, luz cálida y acogedora, no esa basura blanquecina que se filtraba entre los huecos de las paredes y a través de la suciedad de los cristales.
Y por supuesto, cuando cambió, cambió a la lluvia. Lo que me faltaba, claro, porque entre el miedo agónico y la tristeza y la sensación de vacío en la boca del estómago lo que me hacía falta era mirar hacia los cristales sobre mi cabeza y ver que cómo no, estaba lloviendo. Y no poco, no os penséis, no; no una lluvia ligera y purificadora que crea arcoíris con los rayos del sol que logran filtrarse entre las nubes y tampoco una lluvia de tormenta propiamente dicha con su ruido y su oscuridad y su respeto merecido, no. Era esa lluvia potente pero barata que podría ser perfectamente Dios regando las hortensias del jardín con más bien poco ímpetu.
Y para qué, para qué voy a tener yo fe y esperanza y ganas de luz y de sol y de calor si miro al cielo y lo único que veo son nubes insulsas y lluvia que parece que cae por caer, por hacer algo, por terminar el día terminando el ciclo del agua y no viviendo en los bordes de una nube. Para qué iba a esperar yo mirar al cielo y ver azul aunque se suponga que el estado natural del cielo para nuestros ojos es ése, azul.
Y así entré en ese examen y así salí, con cara de pocos amigos; esperando encontrarme un cielo igual de soso y asqueroso e insulso pero ya oscuro, porque por supuesto seguimos con el puto invierno que ahoga a la luz diurna antes de que le dé tiempo ni a saludar. Y así me fui yo, con mi bolso lleno de apuntes y las hojas con anotaciones desordenadas y aleatorias del examen hechas una bola y los bolígrafos desperdigados por todas partes y el abono del metro en la mano, y efectivamente, fuera estaba potencialmente oscuro, no oscuro de las tres de la madrugada pero sí oscuro de que el sol ya se ha largado y la noche te dice que te vayas a tu casa que las calles van a dejar de ser seguras en un rato. Y eh, gracias le doy al cielo precisamente porque estaba oscuro, porque no creo que hubiese querido que nadie hubiese visto mi cara en ese instante.
No me lo esperaba, definitivamente no me lo esperaba. De todas las cosas que hubiese esperado ver en ese instante, era lo que menos esperaba ver. 
No esperaba ver las copas de los árboles
contra el azul del cielo.

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