En la inmensidad del mundo hay un laberinto. Situado exactamente
en el centro, rodeado de los muros más altos que ningún hombre haya visto
jamás; y sobre todo, de silencio. De un silencio atronador, aterrador. Hiedras
y musgo crecen sobre él, y la humedad lucha por incrustarse en los
pulmones de aquéllos que intentan atravesarlo.
Todos buscan una salida.
Pero la realidad es que el laberinto es mucho más que eso. Son las grietas que se forman en sus muros, y el polvo que se levanta al avanzar por sus caminos. Es la incertidumbre que inunda la mente al cruzar la entrada y la ilusión al ver la luz del día al otro lado de la puerta
final. El laberinto son las vidas de aquéllos que lo recorren. Pasan a formar parte de él del mismo modo que lo hacen la humedad y las hiedras y el silencio, y jamás lo abandonan.
Recuerda que, en el momento en el que te adentras en su interior y aunque nunca encuentres la salida, tu historia queda escrita para siempre en sus paredes.
Haz que cuente.
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