Se llamaba Alison y tenía la sonrisa más bonita de todo décimo curso. Sacaba buenas notas en historia, leía en voz alta sin equivocarse ni una sola vez y se negaba a diseccionar seres vivos en clase de biología. Jugaba a voleibol en el equipo del colegio con el pelo recogido en una trenza alta y casi siempre se olvidaba de ponerse las rodilleras antes de salir a la cancha. En una ocasión la vi vendiendo galletas y bizcocho de pasas en el mercadillo de la iglesia, sentada al lado de su madre y con la mirada triste.
Alison faltó al instituto por primera vez el cinco de abril de 1998. Aquel día aprendí algo sobre la vida: no es más que una sucesión de hechos que llegan a su fin cuando te mueres.
O te matan.
Y ahora es cuando escribes una historia que empiece así porque vamos, no puedes dejar esto así y quedarte tan pancha.
ResponderEliminar