Los días eran cortos en invierno, y aunque apenas eran las seis y media de la tarde, ya hacía rato que el Sol había prometido volver la mañana próxima, siempre y cuando las nubes que amenazaban lluvia desde el oeste tuviesen a bien permitirlo. Ahora era el cielo un mar azul cada vez más oscuro, y la luz del interior del vagón convertía las ventanas en espejos casi perfectos que sólo dejaban entrever movimiento y formas mientras el tren traqueteaba sobre las vías.
Se entretuvo durante un rato observando su aliento condensarse sobre el cristal frío, viendo cómo formaba una mancha homogénea que se deshacía lentamente por los bordes hasta desaparecer sin dejar rastro.
El tren se detuvo de repente en una estación de un pueblo pequeño cuyo nombre no pudo intuir a la luz de una vieja farola que necesitaba algún que otro pequeño arreglo, y se quedó inmóvil durante unos minutos sin más explicación. Al poco rato, vio acercarse en sentido contrario a otro convoy que pasó raudo a su lado sin aminorar la velocidad y se perdió en la noche.
Jugueteó con el colgante que llevaba al cuello, impaciente, esperando que la marcha se retomase pronto mientras observaba como cada vez eran más los pasajeros que murmuraban y miraban alrededor, extrañados por la prolongada parada. Los chicos sentados a su lado sacaron una baraja de cartas y comenzaron un juego rápido y agresivo entre risas, insultos y juicios de los más puritanos. Una azafata sonriente entró desde el vagón anterior, ofreciendo bebidas a precio de oro y auriculares gratuitos, lo cual los convirtió en la opción más demandada.
De repente, las luces se apagaron.
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