Si quienes rodeaban su tumba hablasen de quién había sido antes de que la muerte le atrapase entre sus garras, hubiese habido tantos testimonios distintos que las mentes despistadas habrían tenido que preguntarse a cuántas almas se había llevado el cielo en realidad. Una persona noble e irascible, dirían algunos, mientras que otros simplemente dejarían caer como una pluma el tono dorado de su pelo y cómo resonaba su voz en el viejo granero. Su madre murmuraba en medio del delirio recuerdos pertenecientes al pasado como si no hubiese muerto en la primavera de sus veintidós años, y su padre negaba con el semblante serio y desaprobación en la mirada, como si su muerte fuese una elección desafortunada más.
Cayeron rosas sobre su ataúd ante el dolor de aquéllos que sabían que hubiese preferido girasoles, y su hermana bajó la mirada cuando fue un cántico largo e incomprensible y no una canción de country lo que se entonó en su memoria.
El Padre habló de vida eterna en un lugar mejor, y afirmó con voz alta y clara que no había decisión del Cielo sin sentido ni muerte sin propósito. Todos se preguntaron entonces cuál era el de la suya.
El Padre habló de vida eterna en un lugar mejor, y afirmó con voz alta y clara que no había decisión del Cielo sin sentido ni muerte sin propósito. Todos se preguntaron entonces cuál era el de la suya.
Y nadie halló respuesta.
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