Llegaste demasiado tarde, amigo.


Él miró por la ventana, y llovía. Y una hora después, cuando volvió a mirar, seguía lloviendo. Y ella no estaba. Y siguió esperando sentando frente al televisor a que volviese, y volvió. Volvió tosiendo, con el pelo cayéndole mojado sobre la cara, y tiritando. Musitó un “lo siento”, y todo siguió como antes.
Él miró la pantalla del móvil, y le estaba llamando. Colgó, la reunión era más importante. Dos horas después, cuándo salió de la reunión, no se molestó en devolver la llamada. Cuando llegó a casa, todo estaba oscuro; y se sentó frente al portátil a esperar a que volviese. Y volvió. Volvió con lágrimas en los ojos, diciendo algo como que su padre estaba en estado crónico en el hospital. Farfulló un “perdona”, y todo siguió como antes.
Él miró el reloj en la pared, y era tarde. Ella estaba callada, sentada a la mesa, casi temblando. No se molestó en preguntar que ocurría. Pasó todo el día en el trabajo, sin pensar en ella. Cuando volvió a casa, ella no estaba. Se fue al bar de abajo a tomarse unas copas con los amigos mientras esperaba a que ella volviese. Y volvió. Volvió sollozando, y diciendo que su padre había muerto. Murmuró un “todo irá bien”. Y todo siguió como antes.
Él miró su correo, y vio un mensaje del trabajo. Ella se había pasado la noche en vela sollozando. Para qué preguntar. Se marchó, y volvió muy tarde. Ella no estaba. Se sentó a leer mientras esperaba. Y esperó. Y esperó. Y ella no volvía. Quizás entonces se dio cuenta de que había una nota sobre la mesa de la cocina. Y entonces despertó. Salió corriendo de casa, corriendo sobre los charcos de lluvia que se negaban a facilitarle el camino. Y llegó a la estación.
Sobre las vías ya no había ningún tren.
Y esperó.
Y ella no volvió jamás.

1 comentario:

  1. Pues no la conozco, la verdad. Pero voy a ello, seguro que merece la pena.
    Y sí, la idea es realmente ésa.

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