Hace tiempo que esta historia quiso ser una historia como
todas las demás. No lo es, por supuesto, ninguna historia es “como todas las
demás”, pero a veces ocurre que queremos ser lo que no somos.
A. nació el 13 de noviembre de 1995. Nació bajo la mirada atenta
de algún maleficio, hizo algo que no le gustó a alguien, fue condenado bajo la
pena de quién no puede defenderse.
A. creció. Y creció con la constante sensación de que había
hecho algo mal, de que había merecido el odio que todos le demostraban. Y fue
creciendo sin esperanza, sin sueños, sin ilusión. ¿Qué podía salir de ahí?
Ni su propio reflejo en el espejo le miraba con cariño, o
con pena siquiera. Era odio. Todo era odio.
Y odio con odio se paga, y el mundo recibió su indiferencia,
el mundo recibió su dolor. Y a nadie le importó que cierto día A. amaneciese
con una bala atravesándole el cráneo. A quién le importaba, oh, dios. Era un
chico de nadie. Nadie le había querido, nadie le hubiese querido de haber
seguido vivo.
¿Para qué preocuparse por él?
Pues porque podría haber sido tu hijo, tu hermano, el padre
de tus hijos, tu mejor amigo, tu peor enemigo, tu amante, o el chico que te
sirve la barra de pan cada mañana en la panadería. Porque las desgracias van y
vienen, y nunca sabes cuándo te tocan hasta que lo haces. Porque A. podría estar
vivo, y no lo está. Y ojalá lo estuviese, porque no sabemos qué hará el mundo
sin él.
Porque A. es A. Porque A. nació el 13 de noviembre de 1995. Pero
A. podría ser B., o C., o Alejandro, o Gabriel, o María, o Clara. Porque podría
haber nacido un día 3, un día 19, o un 27, de enero, de febrero, de agosto o de
diciembre. Porque A. somos todos. Porque todos tenemos una parte de nosotros
que se muere por ser algo más, por salir adelante, por resistir a la tentación
que nos impulsa a pegarnos un tiro y no amanecer nunca más. Porque todos hemos
querido aguantar por encima de nuestras posibilidades.
Salid ahí fuera y buscad a A., y ayudadle, por lo que más
queráis. No voy a pediros vuestra ayuda para mí, sé que no me la daréis porque
no queréis hacerlo, porque ni siquiera la merezco. Pero los demás si lo hacen. Pensad
que vuestra historia puede estar tejida con los mismos hilos que la suya, que
vuestros caminos y los suyos pueden llegar a la cima de la misma montaña, al
mismo río enturbiado por la sangre de los que quedaron atrás.
Id. Ahora. Idos todos.
Corred como si no hubiese mañana, demostrad que aún queda
esperanza, que no está todo perdido. Corred. ¡Vamos, no aguardéis más, no queda
tiempo como para desperdiciarlo!
Y cuándo queráis tirar la toalla, recordad. Al final del
camino, todos habremos sufrido. No es fácil llegar, continuar no es cuestión de
“un pasito más”. Hay que darlo todo. Al final, todos habremos escrito una
historia.
Una historia que estará escrita por muchos momentos malos, y
unos pocos buenos.
Todas las historias están escritas con una parte de tinta por cada tres de sangre.
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