Echo de menos muchas cosas.
Echo de menos ver el sol ponerse sobre el río Ganges en la India.
Echo de menos hacer puenting en un puente sobre un desfiladero perdido en Texas.
Echo de menos, aunque ya apenas recuerdo cómo era ver la skyline de Nueva York desde una lancha motora.
Echo de menos galopar por un bosque otoñal en Hungría.
Echo de menos nadar con tiburones en Madagascar.
Echo de menos coger entre mis brazos a un koala en el medio del desierto australiano.
Echo de menos bajar a saltos las escaleras de una aldea griega en la ladera de un acantilado.
Echo de menos ver la Vía Láctea tumbada en una playa dejada de la mano de Dios en Argentina.
Echo de menos ver una aurora boreal en Islandia.
Echo de menos ver nacer a una cría de cebra en la sabana africana.
Echo de menos nadar en un lago en la selva amazónica.
Echo de menos sobrevolar los volcanes de Hawaii en avioneta.
Echo de menos ver amanecer en el Himalaya.
Pero lo más duro, es saber que echo de menos todo eso sin haberlo vivido nunca.
Porque no hay nada más duro que echar de menos algo que jamás has conocido.
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