Amelia Jones trabajaba de siete a cinco en la centralita de
la comisaría de policía. El día que Albert llegó a casa borracho con la noticia
de que había perdido su trabajo en la fábrica de la carretera 37; se puso una
chaqueta, sus botas de montaña, y fue al bar de Mike a pedir un segundo empleo
como camarera. Así, sus jornadas laborales se extendían desde la primera hora
de la mañana hasta altas horas de la noche; y nadie, ni siquiera Alison,
pudo oír una sola queja al respecto.
No permitió ni una sola vez que se hiciesen comentarios
acerca de sus ojeras, su pelo despeinado y las manchas de mermelada de moras en
la ropa; y sobre todo, jamás aceptó una sola mala mirada por el hecho de
presentar cupones de alimentos en la cola del supermercado.
La familia Jones vivía en una pequeña casa más allá de la
granja de los Matthews, ahora ya rodeada totalmente de maleza; una casa cuya
puerta principal no abría desde 1989 y donde ya no crecían margaritas en el
jardín. Los suelos estaban cubiertos de madera envejecida, y las paredes, ah,
cuánto tendrían que decir esas paredes si pudiesen hablar. Pero las paredes no hablan, y con ellas, el pueblo de
High River guardó también silencio ante lo que todos sabían pero nadie quería
afrontar. Años después, todavía existen conciencias pesadas y falsos
argumentos para tratar de cubrir lo que se siente como una culpabilidad casi colectiva.
El día que Amelia Jones clavó un cuchillo seis veces en el
pecho de su marido,
ella tampoco habló.
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